Santiago Sylvester



Salta, 1942. Autor de catorce libros de poesía, un libro de cuentos y dos de ensayos. Ha recibido, entre otros, Tercer Premio Nacional de Poesía, Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes y Provincia de Salta. En España, los premios Ignacio Aldecoa y Jaime Gil de Biedma. Su última publicación, de 2017, es La conversación, una antología de poemas en Colección Visor, de Madrid. Miembro de número de la Academia Argentina de Letras, correspondiente de la Real Academia Española.




(peripecias del aprendiz)


El que quiera estar acompañado
que me busque:
el que quiera estar solo
también:
soy bueno en ambos casos: conozco la multitud
y el retiro: soy
acompañado y solo.

El instinto gregario no me obliga;
la soledad tampoco:
si conozco ambas cosas,
es porque no soy un buen profesional:
sólo un aprendiz que da conversación,
que da silencio.

En ambos casos, conocimientos adquiridos: no vine terminado:
soy producto e insistencia: tal vez por eso
ni en compañía ni solo estoy en mi estado natural: soy
puro oficio
y voy aprendiendo con usted.

Disculpe entonces si tengo fallas: es el precio del error
pero también del acierto: y así voy,
errando y acertando con buena voluntad:
puedo conversar
o estar callado,
y puedo también confundir los momentos: hablar solo
o no hablar en sociedad;
     y todo,
por el aprendizaje que no acaba.



(nada como una buena salud)


Es increíble la cantidad de remedios: para cada mal, una cura:
para el mal de ojo, el asma, la mala fe;
hay ungüentos para el cuerpo y para el alma: ambos lo
necesitan, y a veces es el mismo:
se curan el desencanto, las aguas negras, el orzuelo: hasta la
ignorancia
tiene cura o mata.

Hay gotas para ver mejor
y para no ver;
diarrea, paso del tiempo, secreciones, caspa, desconcierto: a
cada uno su antídoto.
Para el descreimiento, cataplasma;
para el abuso de fe, antifebril: el método socrático también sirve;
si se le enferma el yo, no olvide que está hecho
y puede estar deshecho: su enemigo es el sarro de la
satisfacción: se quita con lejía.

Si su empacho es de pasado, quítese el chaleco, combata el
monumento abstracto;
si hay exceso de futuro, no haga nada: un lustro más y estará
como nuevo;
lo peor es abundancia de presente: da jactancia: y ahí sí, purga
de la fuerte: que raspe hasta el hueso;
y no se crea inmortal: también eso tiene cura.

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